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Elciego y Marqués de Riscal: de la tradición a la ultramodernidad
 

Conocer La Rioja ha sido una más que agradable sorpresa, esa región que todos relacionamos con el vino es efectivamente una tierra marcada sin duda por la vid y lo que de ella se obtiene, pero es mucho más: el paisaje es maravilloso, el Camino de Santiago guarda importantes tesoros, podemos visitar la cuna del castellano...

Además, también ese mundo del vino es realmente sorprendente, sobre todo en los últimos años en los que ha logrado unir a la larga y rica tradición que atesora un toque de modernidad que, en algunos casos, nos dejará poco menos que boquiabiertos.

 

 

 

Esto se nota en varios aspectos: uno de ellos la larga lista de empresas riojanas que vendes sus excelentes caldos por todo el mundo y trabajan con estructuras de producción y comercialización completamente punteras; otro, y este es más agradecido para el viajero aunque sería imposible sin el anterior, las bodegas o las instalaciones con una gran calidad y una arquitectura de vanguardia que se han construido en los últimos años.

Bodegas como las de Ysios o instalaciones como el hotel que Marqués de Riscal ha edificado en sus terrenos de Elciego. Una obra de Frank O. Gehry que es, probablemente, la bandera de esta nueva generación.

Elciego: ultramoderno y de toda la vida

Por supuesto, el edificio de Gehry es lo primero que nos llama la atención cuando llegamos a Elciego, pero rápidamente tenemos que dispersar nuestra atención entre todo lo que lo rodea y, muy especialmente, en cómo las espectaculares formas metálicas se plantan frente a la vieja arquitectura del pueblo y, sorprendentemente, el conjunto resulta armónico.

 

 

Y eso que es más que diferente: Elciego es una localidad pequeña de casas y palacios de piedra, con un casco antiguo muy cuidado, encaramado a una colina y con una prominente y hermosa iglesia, la de San Andrés, que hasta la llegada de Gehry dominaba el panorama en solitario y ahora tiene que enfrentarse al nuevo hotel.

Pero aún así, Elciego no ha perdido su personalidad, sus calles empedradas siguen siendo las de un pueblo de la Rioja Alavesa de toda la vida, sus palacios con escudos nobiliarios en las esquinas o sobre las puertas te llevan a pensar que estás en otra época, hasta que de nuevo la fantasía metálica te devuelve... al futuro.

Visitando Marqués de Riscal

La bodega, una de las grandes de La Rioja en muchos sentidos (de las antiguas, de las que tienen mayor producción y de las que atesoran un importante prestigio) se puede visitar, además de que el nuevo edificio es como les decíamos un hotel en el que cualquiera se puede alojar. Bueno, cualquiera tampoco: es un establecimiento de lujo y los precios van en consonancia: las habitaciones dobles empiezan alrededor de los 300 euros por noche.

Pero lo que sí está al alcance de casi todos es, como digo, esa visita a la bodega que por 10 euros nos llevará, durante algo más de una hora, por los distintos lugares que componen el gran conjunto y por los diferentes puntos por los que pasan las uvas y sus caldos hasta convertirse en el vino que podemos comprar en tiendas de todo el mundo.

La visita es interesantes si bien es cierto que, comparándola con las que he visto en otras bodegas, quizá el precio resulte un poco elevado, pero supongo que hay que tener en cuenta que estamos en un lugar con mucha tradición y, también, que algo habrá que pagar por poder ver de cerca el edificio del hotel.

En mi opinión, además de contemplar la maravilla de Gehry (los edificios de este hombre pueden parecer repetitivos y demasiado barrocos, pero la verdad es que vistos al natural son absolutamente cautivadores) los puntos más interesantes de la visita fueron las zonas más antiguas de la bodega, aunque en esos pasillos estrechos y prácticamente a oscuras resultase casi imposible hacer una foto.

 

 

 

 

Tiene Marqués de Riscal, por ejemplo, un botellero al que llaman La Catedral en el que se guardan vinos de todas las cosechas desde los inicios de la bodega, más concretamente desde 1862, ya hace casi siglo y medio. El lugar, poco más que una covarcha enrejada, tiene sin embargo una magia innegable y uno casi siente el vino envejecer, tranquilamente y en la oscuridad que sólo se rompe cuando entra una nueva remesa de visitantes, unos pocos minutos al día.

La visita termina con la tradicional cata y, como no, con el paso por la tienda de la bodega antes de salir, con una importante colección de variedades y añadas. No se preocupen, ahí es posible resistir la tentación... pero les aseguro que no es fácil.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 







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