13 mayo 2020

Mi viaje por una carta de vinos

 

Texto: Mª E. Alberti
Fotografía: Ana Busto


En cuestión de vinos mi educación gustativa viene por línea paterna, reconociendo que el olfato y el mundo del perfume pertenecen al legado materno. Mi padre era un avanzado en gustos y costumbres. En materia de educación nunca quiso seguir las reglas y criterios de otros padres de su generación.

Era un bebedor comedido pero exigente que reconocía un vino carismático, un valor seguro o una etiqueta modesta con gran potencial. Como Dumas, afirmaba que “el vino es la parte intelectual de una comida”, y como Hemingway, “el vino es una de las cosas materiales más civilizadas del mundo”. Empecé muy pequeña a sentarme a la mesa de los mayores, ese sancta sanctórum donde se discutía, se bromeaba y se bebía vino en copas, que siempre probaba él. 

Su primer sorbo lento, en un silencio reverencial me fascinaba, tanto como sus adjetivos de revelador, expresivo, soberbio… Compartíamos, padre e hija, un innegable parecido físico, grandes afinidades y desarrolladas habilidades socio-emocionales. A él le gustaban las mujeres atractivas, con personalidad, cultivadas como sus amigas, colegas y amantes. Y quiso siempre hacer de su hija única un ser independiente y a la altura de los retos que la vida le deparara. 

A mis 16 inició un master soterrado para entrar en materia. Prohibió radicalmente comer con sodas, pepsis y mostos. Cuando almorzábamos me servía una copita pequeña de vino y exigía mi opinión. Y a los 17 me cedía la carta de vinos y decía: “ya no deberías perderte en una carta tan sencilla: elige tú”. Responsabilidad que reforzaba mi autoestima. 

Años más tarde, a la salida del yoga o el Pilates, era yo quien intentaba explicar a mis compañeras de fatigas que no solo Dior era genial, que Robert Parker no era un actor inglés, que Chardonnay no era una firma francesa de joyería, y que el roble francés no era un roble cualquiera. La barra del club de tenis estaba a rebosar de piernas femeninas degustando un blanco a mi entender dudoso y desvaído. Solo en mis escapadas a Londres y en sus acogedores Wine Bar rematé mi autoeducación vinícola y comprendí que el vino es además un implacable marcador sociológico como dice Montaigne. 

Hoy mi progenitor podría sentirse orgulloso levantando su copa allá por donde pare, al saber que su pequeña sabe valorar incluso una joya del selecto club privado de los grandes reservas. De Marqués de Riscal Gran Reserva 2012 mi padre diría que es un monumento. Yo también. 

De entrada seduce su profundidad aromática, balsámica y equilibrada. Una partitura de aromas frutales con sutiles matices de sabores tostados que recuerdan a las maderas nobles: uvas tempranillo y otras de viñas viejas con más de 80 años, seleccionado este vino, permanece casi 3 años en barrica de roble francés y 3 años más en botella. No es de extrañar que sus vividos 14-50º dejen en boca algo épico, con raza, que hará pontificar a la jerarquía de grandes entendidos. Y a mí decirle, lector, que este vino tiene magia porque su elaboración es mitad pasión mitad ciencia, y que entable usted una relación sentimental al primer sorbo. 

No olvide que para narrar este vino hay que hablar un lenguaje emocional y poético y que su mejor maridaje es la buena compañía o la soledad asumida y mística del bebedor de fondo.