29 junio 2020

Un rosado de pura cepa

 

Texto: Mª E. Alberti
Fotografía: Ana Busto


Y es que rosados hay muchos y una gran mayoría son vulgares, peleones, de gusto estereotipado, caricaturas de los grandes vinos de mesa como el que hoy les invitamos a degustar: Marqués de Riscal Viñas Viejas.

Ya llegará el invierno, y con él su cortejo de grandes vinos, profundos, carnosos, clásicos, de taninos aterciopelados que propician esos platos otoñales más vigorosos como la caza o los pescados de estación. 

Ahora, en pleno solsticio de verano, el invitado de rigor es, al menos en nuestras latitudes, el rosado. Y entre estos vinos hay auténticos tesoros. Un festival de aromas, de transparencias coralinas o reflejos frambuesa como este Viñas Viejas: un rosado de gastronomía inimitable que se ha ganado su reputación botella a botella porque ha mantenido intacta la calidad y la originalidad de las bodegas que llevan su nombre. 

Como todo lo de esta casa, este vino es un torbellino de frescura que se adapta a las sutilezas de la cocina estival y contemporánea o a la incomparable maestría de nuestras tapas de autor, ibéricos, jabugos y mariscos de altos vuelos. Empezando por su campo olfativo que nos deja una alta persistencia aromática y, en boca, un frescor mineral, afrutado y floral.

 Los guardianes de este savoir-faire para futuras generaciones han reanudado con una viticultura ancestral el respeto de los suelos, más aun tratándose de cepas seculares y de su impecable proceso de elaboración. Las uvas Garnacha (75%) y Tinta de Toro (25%), especialmente las de la cosecha 2017, un año excepcional, vendimiadas en las terrazas que sobrevuelan el río Duero, han tenido cuatro meses de crianza sobre lías finas de la variedad Sauvignon Blanc. Pero lo excepcional es que ha sido criado y elaborado con el método tradicional del sangrado, es decir, sin añadir colorantes de ningún género. 

Una copa de Viñas Viejas resume todo lo dicho: las viñas seculares, la energía y el magnetismo de los terrenos de recolección y la bondad climatológica de ese año 2017. Desde el primer trago se percibe que no hay imposturas ni filtros ni aditivos. 

Es un vino fruto de la intuición y del trabajo, del savoir-faire de hombres sensibles y cultivado según las reglas de lo auténtico. Y fiel sobre todo al espíritu de las Bodegas Marqués de Riscal y de su noble misión: perpetuar en cada botella su exigencia de calidad, su distinción y su prestigio internacional. 

Un himno a la excelencia, al rigor y a la filosofía de su etiqueta. Sólo una precaución: servirlo a la temperatura perfecta (entre 14º y 16º). 

Y, ¿por qué no estrenarlo este verano con un excelso arroz de mariscos?